Tras años de tensiones políticas, el condado de Santa Clara comienza a llevar atención psicológica y médica directamente a los “tiny homes”, apostando a que sin salud mental no hay salida real de la indigencia.
Durante años, la discusión sobre la falta de vivienda en San José se centró en una pregunta repetida hasta el cansancio: ¿más refugios o más vivienda permanente? Pero ahora surge otro ángulo igual de urgente y menos visible: ¿qué pasa si las personas no reciben tratamiento para su salud mental mientras están en esos refugios?
Esa es la apuesta que comienza a tomar forma en el condado de Santa Clara. Tras una relación tensa entre la ciudad y el condado, ambas administraciones parecen haber encontrado un punto de encuentro: llevar servicios de salud mental directamente a los sitios de vivienda temporal donde viven personas sin hogar.
Un giro tras meses de fricciones
El año pasado, el alcalde de San José, Matt Mahan, criticó públicamente al condado por no invertir lo suficiente en combatir la crisis de personas sin hogar. La respuesta del condado no fue solo política: este año inició un programa piloto para enviar trabajadores comunitarios de salud y personal médico a dos comunidades de “tiny homes” en la ciudad —Rue Ferrari y Bernal.
Por primera vez, la atención no depende de que la persona busque ayuda en una clínica externa. Ahora, el apoyo llega hasta su puerta.
Los trabajadores realizan evaluaciones, hacen referencias a servicios de salud conductual y capacitan al personal del refugio para involucrar a los residentes en tratamientos. Hasta el momento, 40 personas han sido conectadas o referidas a servicios especializados.
Mahan expresó su alegría que el condado esté dando la ayuda y aseguró que lo importante ahora debe ser medir el impacto de cada dólar invertido y hacer los ajustar necesarios.
Sin tratamiento, el ciclo se repite
La realidad es que muchos residentes de refugios enfrentan trastornos de ansiedad, depresión, trauma o adicciones. Sin atención adecuada, el resultado suele ser el mismo: entran al sistema de refugios y, al poco tiempo, regresan a la calle.
Todd Langton, fundador de la organización Agape Silicon Valley, ha visto durante años cómo personas con problemas de salud mental entran y salen de refugios sin una intervención estructural. Para él, integrar atención psicológica directamente en los sitios temporales es sentido común.
Casi 470 millones de dólares en juego
El condado de Santa Clara invertirá este año fiscal cerca de 470 millones de dólares en soluciones para personas sin hogar. Esa cifra incluye refugios temporales, servicios de apoyo en vivienda permanente, asistencia para evitar desalojos y subsidios para quienes reciben tratamiento de salud mental.
El Ejecutivo del condado, James Williams, aseguró que más del 70% de esos recursos benefician a San José, donde se concentra la mayor necesidad.
Además, el condado financia operaciones en 15 refugios de la ciudad y asumirá este año los costos de dos más. También destina 45 millones anuales para sostener 20 sitios de refugio y estacionamientos seguros, con más de 2,000 camas o espacios.
Williams defiende una estrategia integral: prevención, refugio y vivienda permanente con servicios. Según datos del condado, el 95% de las personas en vivienda de apoyo permanente logran mantenerse alojadas.
Dos enfoques distintos
Históricamente, el condado ha invertido más en vivienda permanente, mientras la ciudad ha priorizado ampliar la capacidad de refugios temporales.
San José casi triplicó su número de espacios de refugio desde 2024, alcanzando cerca de 2,000 unidades. Gran parte de los fondos de la Medida E este año se redirigieron para sostener esa expansión.
Por su parte, el condado construyó más de 5,700 apartamentos asequibles en la última década gracias a la Medida A, un bono de 950 millones aprobado por votantes en 2016. La mayoría de esos proyectos están en San José y ofrecen vivienda estable a personas antes sin hogar y familias de bajos ingresos.
Pero incluso con más camas y más departamentos, el problema persiste.
La salud mental como pieza faltante
El nuevo programa piloto reconoce una verdad incómoda: no basta con un techo si no se atienden las heridas invisibles.
Muchos residentes llegan a los refugios tras años de trauma, violencia doméstica, pérdida de empleo o problemas médicos. Para la comunidad latina, el acceso a servicios de salud mental ha estado históricamente limitado por barreras de idioma, estigma cultural y falta de seguro médico.
Llevar profesionales directamente a los refugios puede reducir esas barreras. El personal capacitado en sitio puede identificar señales de crisis antes de que escalen y acompañar a las personas en el proceso de buscar ayuda.
¿Modelo replicable?
El condado planea expandir el programa a otros sitios de “tiny homes” este año si el programa piloto muestra resultados positivos.
La clave será la medición rigurosa: ¿cuántas personas aceptan tratamiento?, ¿Cuántas finalmente hacen la transición a vivienda permanente?.
Para las organizaciones comunitarias, el éxito no se medirá solo en números, sino en historias individuales: personas que dejan la calle, que controlan su adicción, que recuperan la relación con sus familias.
Un cambio de tono político
Más allá del programa en sí, el nuevo enfoque representa un cambio en la dinámica entre ciudad y condado. Donde antes había acusaciones públicas, ahora parece haber coordinación.
En una crisis tan compleja como la falta de vivienda —que combina pobreza, salud mental, adicción y altos costos de vivienda— la fragmentación institucional puede ser tan dañina como la falta de recursos.
La comunidad necesita menos disputas y más soluciones coordinadas.
La pregunta de fondo
La región invierte cientos de millones de dólares cada año, pero la percepción pública es que el problema no mejora al ritmo esperado. Incorporar atención de salud mental dentro de los refugios es un reconocimiento de que la crisis no es solo habitacional, sino también sanitaria y social.
Si el modelo funciona, podría redefinir cómo se aborda la indigencia en otras ciudades de California.
Para muchas familias latinas que ven campamentos en sus vecindarios o conocen a alguien que cayó en la calle tras una crisis emocional, esta iniciativa representa una esperanza concreta: que la ayuda llegue no solo en forma de una cama, sino también de tratamiento, acompañamiento y dignidad.
