En muchas casas, la violencia no grita: susurra. Se esconde detrás de puertas cerradas, se normaliza en rutinas, se disfraza de amor. Para miles de mujeres, especialmente en comunidades migrantes y rurales, ese silencio se convierte en una prisión. Y es ahí, justo en ese punto de quiebre, donde aparece Ana Rosiles.

Ana no se presenta como heroína. Se presenta como intercesora. Pero en la práctica es mucho más que eso: es guía, acompañante, traductora de derechos, sostén emocional y, en muchos casos, la primera persona que cree en una víctima.

“Lo más difícil no es que estén siendo violentadas sino que muchas ya creen que eso es lo normal. Y cuando alguien cree que el abuso es normal, deja de pedir ayuda”, dice Ana.

Desde su trabajo con Líderes Campesinas, Rosiles se ha convertido en un puente vital entre mujeres que viven violencia doméstica y un sistema legal, social y de salud mental que para muchas es desconocido, intimidante o simplemente inaccesible.

En el programa radial Alianza contra la Violencia Doméstica, conducido por Rossana Drumond y Marcos Gutiérrez, Ana contó su historia. Lo hizo con una valentía que tocó fibras y dejó claro su profundo compromiso con las mujeres violentadas.

La primera llamada: miedo, lágrimas y una puerta entreabierta

Las llamadas que recibe Ana no suelen comenzar con detalles legales. Comienzan con llanto. Con silencios largos. Con preguntas entrecortadas.

“A veces solo me dicen: ‘¿Usted me puede ayudar?’ Y eso ya es enorme, porque significa que se atrevieron a hablar”, cuenta.

Muchas llaman desde el baño, desde el carro, desde el trabajo. Algunas con sus hijos cerca. Otras con el agresor en la misma casa.

“Hay mujeres que ni siquiera pueden hablar. Me mandan mensajes con una sola palabra: ‘Ayuda’. Ana escucha sin juzgar. Sin apurar. Sin imponer.

“Lo primero es que sepan que no están solas. Yo siempre les digo eso: no estás sola”, comenta.

Interceder es estar: en el hospital, en la corte, en el miedo

Ser intercesora no es solo orientar. Acompañar físicamente a las víctimas a cada paso: hospitales, estaciones de policía, juzgados, refugios. “No es lo mismo decirle a alguien ‘ve a poner un reporte’ que pararte a su lado cuando tiembla de miedo”, explica.

Ana traduce procesos legales, explica términos, ayuda a llenar formularios, acompaña en audiencias, conecta con abogados, terapeutas y trabajadores sociales.

Para muchas mujeres indocumentadas, este acompañamiento es vital. “El miedo a la deportación las paraliza. Muchas creen que, si denuncian, van a perder a sus hijos o las van a sacar del país. Eso no es cierto, pero ese miedo es real para ellas”, comenta.

Apoyo legal, psicológico y social: una red completa

El trabajo de Ana es integral. No se limita a escuchar: acciona.

Ana Rosiles conecta a las sobrevivientes con abogados especializados y les explica opciones migratorias que muchas desconocen. “Hay mujeres que han vivido violencia por 10, 15 años y no saben que existen protecciones como la Visa U o VAWA. Cuando se los explico, muchas lloran. Es como si por primera vez vieran una salida”, narra.

La intercesora de Lideres Campesinas orienta a las víctimas sobre sus derechos, las acompaña en procesos judiciales y las conecta con abogados pro bono especializados en inmigración y violencia doméstica. A través de organizaciones aliadas como ValorUS, las sobrevivientes pueden explorar opciones migratorias como:

  • Visa U: para víctimas de ciertos crímenes que cooperan con autoridades.
  • Visa VAWA: para quienes sufren abuso por parte de un cónyuge ciudadano o residente.

María, una sobreviviente a quien Ana acompañó durante dos años, lo confirma: “Yo pensaba que denunciar era entregarme a inmigración. Ana me explicó todo con calma. Me acompañó a cada cita. Hoy tengo estatus legal y mis hijos están seguros”.

Apoyo psicológico

El trauma no se va cuando se va el agresor. Se queda en el cuerpo, en la memoria, en los hijos. “Muchas mujeres creen que ya están bien solo porque ya no les pegan. Pero tienen pesadillas, ataques de pánico, culpa. Eso también es violencia”, por eso Ana conecta a las víctimas con terapeutas, psicólogos y servicios de salud mental.

Refugios de largo plazo, asistencia de renta, ayuda alimentaria, transporte, apoyo escolar, capacitación laboral. Todo forma parte de la red que ella activa.

“Salir de la violencia no es solo salir de la casa. Es reconstruir una vida”, dice Rosiles

Una historia personal que se convirtió en misión

Hace 14 años, Ana no era intercesora. Era víctima. No tenía información. No tenía red. No tenía a quién llamar. “Estaba completamente sola. Y lo peor es que yo pensaba que eso era lo que me tocaba”.

Visiblemente emocionada Ana continúa narrando que tenía cuatro hijas. “Un día sentí que me iba a morir. Literalmente. Y ahí entendí que, si yo no salía, ellas iban a crecer viendo eso. Yo no quería eso para mis hijas”.

Ana comenzó a buscar ayuda en silencio. Tocó puertas. Hizo preguntas. Aprendió a defenderse. Hoy, su historia se ha convertido en una herramienta para otras. “Cuando les digo que yo también pasé por ahí, me miran diferente. No como una trabajadora social, sino como alguien que sí entiende”, explica.

La violencia no discrimina, pero el miedo sí

Uno de los mayores desafíos que enfrenta Ana hoy es el clima de temor en comunidades migrantes. “Hay mujeres que prefieren aguantar golpes que llamar a la policía”. Ana combate ese miedo con información.

“La violencia doméstica es un crimen. Y denunciar no te convierte en criminal”, repite orgullosa esa frase una y otra vez.

El impacto que no se ve en estadísticas

Las cifras no muestran los temblores en las manos. No miden el miedo de dormir. No registran susurros. Cada llamada que recibe Ana es una vida en crisis. Un niño que escucha gritos de madrugada. Una mujer que esconde moretones. Una familia que vive con miedo.

Ana, dice: “Yo no les prometo que será fácil. Les prometo que no estarán solas”.

Dónde buscar ayuda

Ana Rosiles trabaja como intercesora en Líderes Campesinas, la pueden contactar a través de:

📞 Líderes Campesinas: 760-638-6269
📞 Línea Nacional de Violencia Doméstica (EE.UU.): 1-800-799-7233

Ambas son gratuitas y confidenciales.

Una mujer, muchas voces

Rosiles no quiere reconocimiento. Quiere que las mujeres llamen. Quiere que el silencio se rompa. Quiere que las víctimas sepan que hay salida. “Alcen su voz. La vida es demasiado hermosa para vivirla con miedo”, comenta.

Cuando se le pregunta si cree que la violencia doméstica puede terminar, Ana no duda en responder: “Sí. Pero no sola. No en silencio. No sin apoyo”.

Y todos los días, Ana vuelve a demostrar que, a veces, una sola persona puede ser la diferencia entre sobrevivir… o empezar a vivir.

Este artículo forma parte de un proyecto periodístico sobre la violencia doméstica en la comunidad latina y cuenta con el respaldo y generosidad de la Blue Shield of California Foundation.